OPINIÓN


Cual si de una reliquia se tratara, la Magna habita en el barrio de San Juan, recordando tiempos mejores, aquellos en los que fue centro de atención y estandarte de su propia cofradía: “Yo, Mí, Me, Conmigo".
Ahora acusa de nuevo a la AVV Cádiz Centro de intrusa, porque esta entidad le ha quitado “sus calles", las que ella compró con los favores de determinado partido, aunque manifiesta que no está afiliada a ninguno.
Para que se enteren de una puñetera vez los del Diario: la AVV Cádiz Centro no nació de una escisión de San Juan, nació a causa de un problema al que la presidenta de esta asociación no demostró el menor interés: Santiago, 11.
Con el tiempo, la Magna de San Juan ha ido rehaciendo sus ideales, adaptándose al devenir y a la fluctuación del mercado cofradiero, pues si hubo un tiempo en que fue seguidora acérrima del Cristo de los Capullos, cuando éste rebosaba penitencia, ahora su devoción la reparte entre la Señora del Buen Color y el Señor de los Ladrillos, imaginería más acorde con los tiempos que corren.
Su trayectoria en el mundillo cofradiero comenzó como acólita, de la mano del hermano mayor de La Prudencia, que ahora anda en otra cofradía, hasta que vio llegada la hora de dar un golpe de mano y arrebatarle el martillo a aquel que tantos martillazos dio a diestros y siniestros, por aquello de que en aquella época todavía había muy pocos cofrades centrados.
Una vez en la poltrona, la Magna de San Juan se dijo para sus adentros cofradiles: “A ver quién se atreve a quitarme de aquí", y empleó en ello toda su astucia, todo su talento, toda su sapiencia. No hubo acólito ni mayordomo que no siguiera sus directices, vanagloriándose de estar en el mismo redil que la Magna. Encumbróse tanto en su cargo, que fue ascendida rápidamente, llegando a dominar todo el territorio de la Bética. No hubo acto cofradiero que no controlase la Magna, a la que algunos comenzaron a llamar “la del color especial", por su arrebatada predilección por un determinado pigmento. Dominó y sentenció a más de un adversario en las lides cofradieras. Y aquel que tosía ante su presencia sin pedirle permiso se convertía en su enemigo, al que le hacía un especial seguimiento hasta conseguir que lo expulsaran del redil.
Ahora es pura reliquia, ni asomo de lo que fue. Aún se cree que tiene poder para retar a los jerifaltes y de vez en cuando les llama al orden y les dice que se van a enterar por haberla expulsado del sacrosanto redil en donde habita el olvido. Pero ya no le hacen caso. Aunque la Magna no se da cuenta, ya ha pasado su tren, por mucho que se pasee por los salones del palacio y sentencie sibilinamente señalando a su enemigo: “¡A ése, ni agua!".
José Galindo
