OPINIÓN
jgalindo56@hotmail.com
El periodista de investigación llevaba una gabardina larga color chocolatito, unas gafas oscuras (por no decir negras, que después te llaman racista) y el periódico de la empresa para la que trabajaba doblado en el bolsillo derecho de la gabardina. En Cádiz, en el mes de julio y con el Vespuchi lleno de niñas pijas con tirantitos, que alguien lleve una gabardina es de lo más normal, “aquí nos disfrazamos todos", que diría Julio Pardo.
El caso es que el periodista de investigación había recibido una llamada anónima alertándole de un posible caso de corrupción urbanística en la capital y estaba a la espera de que llegara un conocido promotor de la ciudad con un maletín lleno de billetes que dejaría olvidado casualmente debajo de una de las mesas del restaurante El Miami.
El periodista de investigación se acercó a la barra y pidió un café con leche al camarero. En ese momento no había mucha gente en el restaurante. El periodista de investigación miró de soslayo y vio a través de la cristalera del restaurane cómo se acercaba un individuo de mediana estatura y complexión poco atlética. Efectivamente, el individuo, que portaba un maletín negro (bueno, más bien oscuro), entró en el restaurante, se acercó a una de las mesas del rincón más alejado de la barra y se sentó a la mesa, a la que acudió solícito uno de los camareros. El periodista de investigación, con poco disimulo, se le quedó mirando e incluso se acercó al promotor a pedirle fuego. El otro, sin inmutarse, sacó la pistola-encendedor y soltó una llamarada que por poco dejó sin flequillo al olfateador.
Al poco rato, el promotor se acercó a la barra y pagó la consumición. El maletín se había quedado debajo de la mesa. Así que el periodista de investigación no tenía nada más que esperar a que llegara su presa.
Diez minutos más tarde, entraba por la puerta un individuo cuya cara le sonaba de algo. Todavía no lo tenía muy claro, pero de inmediato salió de dudas interrogando al camarero que lo había saludado a la entrada con un “Buenas tardes, don José". Don José era el concejal más dicharachero del ayuntamiento del municipio. El interfecto se acercó a la mesa en donde estaba el maletín, se sentó y pidió un gin tonic.
El periodista de investigación en ese momento ya estaba elucubrando cuál sería el titular de la cabecera de su diario al día siguiente: “El concejal don José se dedica en sus horas libres a retirar maletines abandonados en los restaurantes". Pensó que era poco explícito. Algo más agresivo estaría mejor: “Pillado in fraganti con un maletín un concejal del Ayuntamiento". O éste otro: “El prevaricador del Ayuntamiento se llevó el maletín repleto de billetes".
Mientras el redactor especulaba con los titulares, el concejal cogía el maletín y se disponía a salir del restaurante. En ese momento, al periodista se le encendió la luz de la intuición (hay periodistas a los que se le enciende, aunque sea muy de vez en cuando) y se lanzó a por el corrupto.
– Oiga, soy periodista. ¿Qué lleva en ese maletín?
– ¡Y a usté qué le importa! –le soltó el concejal.
– O abre ahora mismo el maletín o aviso a los nacionales…
– A quien va a avisar es al veterinario… so burro…
En ese momento, el concejal comenzó a darle “maletinazos” al pobre redactor, que vio con desesperación para sus ínfulas reporteriles cómo se abría el maletín y caían de él unas plateadas caballas que le miraban con ironía desde sus ojillos cristalinos y parecían decirle: “la cagaste, Bur Lancaste".
