OPINIÓN

El Pleno Extraordinario sobre la Vivienda celebrado el pasado 25 de julio en el Ayuntamiento de Cádiz va a pasar a la historia de la ciudad, no por el alboroto que formaron los vecinos allí presentes, sino por el derecho que asiste a la sociedad civil para manifestar sus discrepancias con el poder.

En Cádiz parecía que todo iba bien, todo era de color teo, el color de la felicidad, y aquí el único problema que había era que el Cádiz Club de Fútbol estaba en Segunda División. La propaganda y el autobombo han hecho mella en la conciencia ciudadana de los gaditanos. Aquí sólo se movilizaba el personal para protestar porque su agrupación carnavalesca no había pasado a la final del concurso o porque al Cádiz Club de Fútbol le había robado un partido un árbitro desalmado. Hasta el día 25. Ese día unos vecinos hastiados por las promesas incumplidas de sus políticos decidieron gritar ¡Basta ya! Y lo hicieron como el pueblo sabio sabe hacerlo: con pancartas alusivas a los problemas que tienen en sus propias viviendas, con sus gritos desgarrados y atronadores y con la convicción del que se sabe asistido por la razón.
Que no ofendan a los vecinos quienes apoyaron una guerra injusta y viven del erario público diciendo que la manifestación espontánea estuvo organizada por un partido político. En el movimiento vecinal hay asociaciones que no se dejan manipular por ningún partido, que no venden su independencia por un plato de lentejas, que no se arredran ante las amenazas y los ninguneos que padecen. Ya están otros para bailarles el agua, para acudir como perritos falderos a cuantas inauguraciones y actos croquetiles organiza el equipo de Gobierno que preside doña Teófila Martínez. Hay asociaciones de vecinos cuyo único lema es la defensa de los derechos de sus asociados. Podrán trabajar mejor o peor, pero su mayor orgullo es realizar un trabajo desinteresado en defensa de sus vecinos, un trabajo que, por cierto, corresponde hacer a los poderes públicos.
No tiene talla política ni moral quien ha acusado a un presidente de una asociación de vecinos de Cádiz de “enchufar” a su hija en una oficina pública de la Junta de Andalucía. Eso es inmoral y además una calumnia que afecta al honor de este dirigente vecinal y al de su familia. Si el concejal insinuador puede demostrarlo, que lo demuestre. Si no, que se vaya a su casa, porque los vecinos ya están más que hartos de su prepotencia y de sus mentiras.
Lo que el Pleno del pasado día 25 nos ha dejado a los gaditanos es la sensación de que algunos han comprobado por sí mismos que la política marcha por un lado y el sentir ciudadano por otro. Que los problemas del día a día que a veces nos acosan nos afectan a unos más que a otros. Y que más vale gritar, aunque nos llamen “pancarteros", que quedarnos sentados en el sofá simulando que a nosotros no nos afectan los problemas de nuestros vecinos.
José Galindo
